No queda otra.



Avanza está temporada que se está convirtiendo en montaña rusa, con partidos vergonzosos como los del sábado mezclados con otros que han hecho que la ilusión vuelva a crecer por Nervión.

El fútbol tiene ese poder hipnótico que hace que el aficionado olvide (por momentos) lo malo vivido y se esperance por lo bueno por vivir. Por supuesto duele y mucho la goleada en Éibar así como las otras sufridas pero la piel del aficionado es lo suficientemente fina que les permite ver oportunidad donde hace dos días había bochorno.

No sabemos qué tocará mañana. Desde luego el partido merece todo el respeto y la concentración, toda la garra (aunque sea poca la de algunos), la vergüenza y el orgullo. Primero porque se lo deben a esa afición que a pesar de los ridículos partidos siempre estará caldeando un estadio que deben de temer los rivales y segundo porque es una ocasión idónea para trastocar una Liga que está resultando fallida. Es el bálsamo que necesitamos todos para poner algo de cordura a la temporada.

La ocasión merece la mejor versión de todos, el mejor juego, la mejor predisposición. Que saquen a relucir la calidad de una plantilla que no lo demuestra como tal pero que debe de buscar un punto de inflexión que le haga explotar.

Es un partido que no tiene vuelta atrás ante un rival que está ante su oportunidad histórica, esa será su mejor baza, sin favoritismos que le inyecten más presión. 

Mientras, nosotros, tenemos la obligación deportiva, moral e institucional de llegar a otra final, de ganar, de convencer, de emborracharnos de placer para olvidar lo vivido y consumar otra noche sin dormir, de voltear el estadio, reventarlo como si fuerámos 40.000 cañoneros que poseen una garganta de fusil, varias canciones de metralla y un corazón por encallar en cualquier ciudad que sepa gritar Sevilla. 

Foto vista en Orgullo de Nervión