Por si volvemos al infierno
Son los recuerdos los hilos grises que peinan la historia. Con menos o más gloria. Y en ella; en la mía, en la tuya; hubo casi tantas luces como sombras que, a la postre, fueron las que forjaron las ferrallas del armazón de los postes donde se asentaron nuestros sueños. Y por más que me empeño, no puedo quererte más. Ni menos.
Hoy te escribo para darte las gracias, por si volvemos al infierno, para que antes de caer -si caemos- sepas que estaré como estuve antes de que los dioses nos señalaran con sus dedos. Porque si en mis peores momentos estuviste para hacerme llorar de alegría, en los tuyos estaré para tirar de ti, vida mía.
Esto no es un grito conformista. Claro que estoy enfadado contigo. Bueno... contigo y con el mundo, porque no hay nada que me afecte más que una derrota de tu escudo, que dibuja la silueta de mi corazón. Tampoco es un recordatorio de fidelidad facilón. E inerte. Porque no concibo mi vida sin el 'hasta la muerte' que me inculcaron quienes nunca te habían visto ganar nada. Y aquí estoy, como si sirviera de algo, soltando una parrafada.
Así que, por si acaso, te doy las gracias por estos veinticinco años que son un buen bocado de mi vida. Un cuarto de siglo que es la transición de un mundo a otro que no tiene nada que ver: internet ahora vuela y las pantallas se guardan en los bolsillos, los vivos dejaron paso a los fallecidos y los enamorados, que entonces eran desconocidos, ahora unen sus apellidos.
Pasa el tiempo. Mi cara está más cargada de realismo. Pero tu escudo sigue siendo el mismo. Y en él me reflejo mientras caen las hojas. Y mi alma sigue blanca y mi sangre siempre roja.