Veinte años no es nada


Latía el corazón en mis sienes. En los oídos taponados sonaba un pitido que no cesaba. Olía a sudor y la garganta me dolía. No podía creerlo. No quería cerrar aquel día. ¿Cómo iba a hacerlo? Sólo ansiaba alargar una fecha eterna.

Hace veinte años, se dice pronto, me tumbaba en una cama de noventa centímetros de ancho para sentir que soñaba. Para soñar que sentía. Las paredes celestes, se volcaban sobre un techo de escayola. El murmullo de la gente a lo lejos. La mañana estaba casi más cerca que la noche y en la calle aún había algún coche haciendo sonar su claxon. 

Me costó conciliar el sueño. Como hoy... pero de otra forma. Porque le dio por empalar una bota zurda de Nervión un balón que venía botando y acabó en el lateral de la red. Nos dio por cambiar de vida. Por creer que aquello nos pertenecía. Por vivir donde otros vivían. Nosotros. Los palanganas. Los del escudo que me enseñó a amar mi familia, empezando por mi abuelo. Ese emblema blanco y rojo estaba entre los más grandes y pronto viviríamos más vivencias tatuadas en la retina. Nos dio por ahí.

Nos dio por abrir los ojos. Por explotar décadas de la nada más absoluta. Por gastar oro en tinta brillante. Nos dio por pasar página y flotar. 

Y él, quien hizo sevillistas a todos sus nietos, lo pudo vivir poco tiempo antes de irse: «Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez», o eso cantaba Gardel. 

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