La vida bien vale una primavera

Aquellos meses fueron el resumen de la existencia.

Los rocíos de la mañana se volvieron intermitentes y en el estadio seguía sonando el silencio de la irregularidad. Una gestión tortuosa y dudosa que rompió el camino en tres.  Como tres son los golpes de llamador y en el cuarto, en lugar del metal y la madera, sonó una sevillana: la de los lances definitivos. 

La estación más bonita comenzó un día de marzo. El mismo en el que José Luis Mendilibar llegó a la ciudad. En el Sábado de Pasión se ganó al Cádiz CF y un Viernes Santo nos empató el Celta a pesar de jugar en inferioridad 70 minutos. La Feria comenzó con una victoria en casa contra el Villareal y continuó con otra en San Mamés, un jueves 27 de abril. Entretanto ganamos al Manchester United y al Valencia en Mestalla. Ganamos al Espanyol y al Valladolid. Empatamos el derbi y eliminamos a la Juventus de Turín en una noche de absoluta locura en un mayo que es tan nuestro como nuestro escudo. Y llegó el 31. Una traca final de sentimientos para despedir el mes y abrazarnos a la locura.

Minutos de cien segundos y goles que revientan el pecho. El cielo explotó de alegría y las lágrimas recorrían los cielos de Budapest y Sevilla. "No me lo creo". Un abrazo que se volvió eterno entre saltos. Y después de aquello... ¿Qué más da si se extinguen las flores y llega un perpetuo verano? ¿Qué más da si la noche se vuelve perenne y las estrellas se apagan? El fútbol es sólo fútbol.

Pero cuando el letargo se prolongue y la negra parca mencione susurrante mi nombre caminando tras mis pasos. Y mis suelas pisen en intervalos cada vez más distantes hasta que dejen de sonar. Y sea entonces cuando el minutero se detenga al vibrar el viento con los tres pitidos. Y sólo quede un instante para recordar... Pensaré que la vida bien vale una primavera.

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